Colabora con el #MesIndie

Compromiso con La Mafia ha sido uno de los títulos seleccionados para el Mes Indie de Amazon, en el que encontrarás muchas novelas hasta con un 80% de descuento en formato Kindle durante todo el mes de Octubre.

Os aconsejo que echéis un vistazo a esta página Mes Indie de Amazon y no os perdáis esta oportunidad

Por aquí os dejo algunos títulos imprescindibles a tan solo 1,19€

Muchas gracias por colaborar con el autor independiente.

Anuncios

Los escritores de romántica los peores vistos

No sé si sabréis lo mal considerada que está la literatura romántica en todos esos múltiples grupos que hay dedicados a escritores. Los autores de románticas somos los grandes apestados, porque para el resto, lo primero, es que nos dedicamos a este género porque no sabemos escribir, y segundo, porque vamos a lo fácil, según ellos.

En el concurso Indie de Amazon que acaba de finalizar, la posibilidad de que gane una novela romántica es prácticamente remota.

Yo puedo dar fe de la gran calidad que se ofrece hoy en día en este género y sobre todo en autores autopublicados.

Cómo siempre, no quiero generalizar ni son todos los escritores que se dedican a otros géneros ni todos los que nos critiquen.

Pero ahora yo pregunto:

¿A alguien le suenan estos títulos?

– Las amistades peligrosas

– Romeo y Julieta

– Jane Eyre

– Lo que el viento se llevó

– Cumbres borrascosas

– Orgullo y prejuicio

– De amor y de sombra

– Como agua para chocolate

– El amor en tiempos del cólera

– Los puentes de Madisson

Y así un largo etc entre clásicos, contemporáneos y actuales.

¿Alguien sabe quién escribió estas grandes novelas «ROMÁNTICAS» que casualmente han sido llevadas al cine o la televisión, en diferentes

y múltiples versiones?

¿Sabéis que el autor de romántica se tiene que esforzar el doble en dar calidad y buena edición para no ser criticado a saco cuando hay editoriales que no se molestan en dar ese servicio o publican sin una adecuada revisión?

¿En cuántas novelas el detonante de la trama no es una relación romántica? Las habrá, por supuesto. Pero yo he leído géneros como el triller, la novela negra, el terror o la ciencia ficción, donde hay un alto contenido de romance e incluso erotismo, pero claro… solo es un aderezo, no es una novela romántica.

Quizá compañeros de afición, debamos de calificar nuestras novelas en otro género, a ver qué pasa, a pesar de que sea el más vendido de los últimos años.

Karen: Un psicothriller de terror adictivo

Hoy vengo a recomendaros esta novela de terror psicológico que está participando en el concurso índice de Amazon.
Conocí a este autor, Sebastián E. Luna, a través de una buena amiga, Dulce Merce, editora y autora de novela romántica que me recomendó sus novelas. Me decidí por SENDEROS DE ROCK, que me mantuvo pegada a sus páginas durante cuatro días y de la que os hablaré en otra ocasión, porque no tengo más que buenas palabras para esta lectura que me dejó una resaca importante. No perdáis la ocasión de leerla.
Con KAREN tuve la oportunidad de ser lectora post edición, que para mí fue todo un privilegio, ya que me enamoré de la forma de escribir de este autor con sus Senderos, y tengo que decir que no me decepcionó en absoluto aun siendo un género diferente al anterior. Sebastián sabe cómo enredarnos y hacernos creer una cosa cuando luego es otra, pero mejor os dejo la opinión que le escribí nada más terminar la novela y recuperarme de su inesperado final.

Opinión en Amazon:

Karen llegó a mí de casualidad, envolviéndome en el misterio de las calles de su pueblo y de la agresión que sufrió. Cambió mi vida para siempre. Me hizo dudar de mi sexualidad, de mi cordura y confiar en personas de gran carisma y desconfiar del resto de sus habitantes, pero cuánto me equivocaba.

Sentí la angustia, la tensión y hasta la aprensión por estar a oscuras, el temor a abrir una puerta sin saber que encontraría tras ella, o querer aventurarme por las calles empedradas arrastrada por una atracción extraña.

Querer alunizar, sentir la lengua de una extraña y bailar al ritmo trepidante del metal en un local oscuro y siniestro…

Me llamo Leti y realmente, esta es mi historia.

Porque no son las vivencias de Karen, no, son las de su psicóloga lo que encontraréis.

Cuando terminé esta novela, quedé en shock. Tuve que reposarla antes de plantearme si quiera hacer un comentario y sin saber por dónde empezar.

Desde luego el término "psicothriller" es la mejor descripción que se le podía dar. Porque no es el típico terror que te produce náuseas. Es el que te mantiene página a página totalmente abducida, dilucidando, desgranando y haciendo tus propias conjeturas, que conforme avanzas en la lectura cambian constantemente y vuelven a cambiar cuando queda poco para el final. Que te mantiene en tensión y con una luz encendida, que te asalta y te sorprende, que sabe sacarte una sonrisa y calentarte, no precisamente el corazón. El escritor sabe perfectamente integrarte en la acción, en los sentimientos de los personajes tan bien construidos, en las calles de ese pueblo que no visitarías jamás. Dudar, desear, desconfiar, odiar. Plantearte la cordura de la protagonista y de la tuya propia para llevarte a sus últimas páginas a ritmo de maratón y un final desconcertante, o no…

La pluma de Sebas es exquisita y no defrauda. Su labor de documentación es obvia y muy bien empleada, sin distraerte de la trama con adornos innecesarios, siendo concreto y entretenido.

Es la segunda novela que leo suya y me ha conquistado por completo. Estoy segura de que sería capaz de triunfar con maestría en cualquier género, incluso en la romántica erótica, eso, si fuera capaz de atreverse. Ahí lo dejo.

Enhorabuena autor y muchos éxitos.

Nueva reseña 

Esta tarde me he encontrado etiquetada en Instagram, con una nueva reseña sobre mi libro «Compromiso con La Mafia»

Os dejo el enlace a su blog más abajo para que la leáis y averigües cómo llegó a sus manos mi libro, ya que mi asistencia al evento RA de 2016 tuvo sus frutos.

Tanto la reseña, como el gusto a la hora de elegir las fotos como atrezzo para su blog como en Instagram, me han gustado muchísimo, porque los que me conocen, saben que adoro las orquídeas y que las opiniones de los lectores nos sirven para aprender y mejorar.

Muchas gracias Lorena Rivera, por dedicar tu tiempo a mí pequeño.

                                                                    Mis momentos de relax

Kilómetro Cero de Dulce Merce

KM0 - Portada 3

 

Hoy vengo a recomendaros un libro en el cual tuve el privilegio de participar como prelectora.

Es una historia que se aleja un poco del género al que estamos acostumbradas. No es una novela erótica y tampoco una del todo romántica. Yo la calificaría más como “Drama Romántico.”

Es un relato realista, que no comienza con la típica chico conoce a chica, se enamoran, se pelean y vuelven para ser felices y comer perdices, no. Esta historia comienza por el final, y en su proceso, el protagonista, un taxista de Madrid, intenta hacer frente a sus inseguridades, su pasado, sus miedos más arraigados y su felicidad truncada.

La familia, muy importante en esta trama, le ayudará a abrir los ojos, unos más que otros… y también los clientes de su taxi, que no solo recorrerán las calles de esta gran ciudad junto a Daniel, sino que nos harán conocer mejor a este personaje que os encandilará, con todos sus defectos y virtudes, adentrándonos en sus más íntimos deseos, sus ilusiones o sus pensamientos más oscuros y destructivos.

Está llena de emociones y frustraciones, de equivocaciones y malas decisiones, de risas, alegría y tristeza… de esperanza. Escrita de forma impecable por la mano de Dulce Merce, una autora que escribe de manera exquisita y correcta, a la que no deberíais dejar de leer, tanto su novela Kilómetro Cero en Amazon, sus simpáticas y originales entradas que no tienen desperdicio, o sus relatos cortos o por capítulos, que encontrarás de forma gratuita en su Blog.

Gracias Merce, por hacerme partícipe de este proyecto diferente y tan original como tú.

 

May Blacksmith

Hablando de postres

Hace un tiempo me ofrecieron la oportunidad de asistir a una comida exclusivamente de mujeres. La propuesta me pareció interesante, aunque no conocía a la mayoría, rondaban mis mismos años y muchas de ellas estaban en la misma situación en la que me encuentro ahora, así que me animé a acudir.

A mí me hace falta algo más que una comida para abrirme y participar en las conversaciones, además, entre tanta mujer, era inevitable que se formaran grupitos y diferentes diálogos, así que fui más una observadora que otra cosa.

“Ya sabéis como somos las mujeres de mediana edad, aunque algunos hombres piensen que somos aburridas y gruñonas, nada más lejos de la realidad.” Unos marianitos previos y el vino corriendo a raudales por la mesa, fue animando el evento. Lo que ocurre es que a mí el vino no me gusta y soy más de comer con agua (igual sí que soy bastante aburrida), y llega el momento inevitable en el que las conversaciones decaen y pierden fuerza, pero es justo en el que aparece el postre, ese que has pedido por propia elección sin que nadie influya en tu decisión, por el que has sido capaz de no terminar el segundo plato y dejarle un hueco (cosa que JAMÁS haría un hombre), ese momento tan excitante y dulce, y es que en esta etapa de nuestra vida podemos  disfrutar de pocos instantes así (o eso creía yo).

Nos ponen el plato delante perfectamente decorado. Nos deleitamos en él sin perderlo de vista, dedicándole toda nuestra atención, cogemos la cuchara y… ¡Zasss! nos la introducimos en la boca. Lo saboreamos, lo paladeamos, levantamos la vista y nos miramos unas a otras mientras sonreímos de forma pícara al tragar, y comienza la inevitable conversación propia de la edad: ¡La repostería! Y a mí la verdad es que no se me da muy bien (lo que os decía, rancia, aburrida y poco creativa), se me da mejor escuchar, y como ya sabéis que me encanta escribir, tomé notas mentales de toda esa conferencia relativa al arte de amasar, montar, cubrir o decorar, que es el arte de la repostería, y este es el resultado al que llegué dándole mi peculiar visión.

 

Hablando de postres

¿Os habéis fijado en la variedad de yogures que hay ahora en el mercado?

Si os digo la verdad, nunca he sido de yogures, tampoco de fruta, solo por obligación, aunque sea más sana y todo ese rollo, porque ¿quién cierra los ojos y se pone a pensar en lo agusto que se comería una manzana en ese momento que estás tirada en el sofá y con ganas de llevarte algo a la boca? Pues nadie.

A mí siempre me han ido más los postres contundentes, eso cuando los tomo: tarta de queso, tiramisú…, pero últimamente voy al súper y no hacen más que ponerme yogures delante con sabores que no había probado en mi vida.

¡Fruta de la pasión! ¿Con ese nombre cómo no te va a tentar? Pues oye, no estaba mal, aunque tampoco es que me dejara muy… apasionada.

Luego vi el de kiwi con cereales, ya sabéis, por eso de activar el tracto intestinal. Bueno, fue una experiencia diferente, a tener en cuenta, incluso para repetir algún día, ya que es el que más suele estar de oferta en mi supermercado habitual.

El caso es que un día volví a lo tradicional. Al de vainilla, ese sabor de siempre, yendo a lo seguro, aunque no termine de dejarte satisfecha. Es como el de limón, que te gusta y de vez en cuando repites, pero luego te deja una  acidez… y de repente vuelve a presentarse delante de tus narices una promoción difícil de rechazar.

¿Os gustan los frutos rojos? Ya habréis leído lo que dicen de ellos, que te rejuvenecen (yo creo que a mi edad todos los yogures lo hacen), y bueno, no soy de cosas ácidas, pero los frutos rojos me ponen, digo, me molan. Siempre me han gustado, pero nunca los había probado en ese tipo de envase y me dije: ¿por qué no? Aunque ya sabéis, muchas veces te imaginas que va a ser la releche y luego el sabor no supera tus expectativas, aun y todo me lancé a ello. El caso es que cuando lo pruebas, aunque no fuese lo que esperabas, resulta que la misma marca te propone otra variedad en la que incluye una nueva fruta, y dices: ¡esto ya no son solo frutos rojos! ¡Lleva moras! ¿Y cómo resistirse a eso? Ese fruto algo más oscuro tan delicioso y difícil de degustar al natural, casi prohibido, porque es poco recomendable comerlo del propio arbusto…, pero sabes que en cuanto lo pruebes y sepa a lo que esperas, vas a ser fiel a esa marca y a todo lo que te ofrezca, porque detrás de las moras vendrán los arándanos, de eso estoy casi segura.

Así que en ello estamos, probando nuevos sabores.

A pesar de que me encantan los postres tradicionales y de toda la vida, resulta que ya no los hacen como antes, parecen una cosa y luego saben a otra.

Por ejemplo la tarta de queso. A mí me ha gustado a los veinte, a los treinta y a los cuarenta y sigue siendo mi postre preferido. Su aspecto, incluso ella, te promete que es casera, que tú no dices que no, que va a estar hecha de queso mascarpone, y es de las de horno, de las que más te gustan y que aunque no lleva en esta ocasión mermelada de arándanos, es de auténtica fresa, pero en cuanto te comes la primera cucharada, solo una, te das cuenta que es de nevera, que su principal ingrediente es queso de untar y que ni es mermelada casera ni nada, sino sirope de fresa y del malo .

Luego está el tiramisú, ese que se te resiste, que deseas probar porque crees que como caigas vas a pedirlo a diario, y a estas alturas hay que cuidar la línea y no quieres depender de la báscula por mucho que te guste. Es un producto exclusivo de ese local, o al menos eso insinúa el camarero, pero un día reconoce que en realidad, a unos cinco kilómetros, hay alguien comiéndose el mismo producto como mínimo una vez al mes, porque se fabrica de manera industrial y aunque te quedas bastante decepcionada, sientes cierto alivio de no habértelo comido al final, porque seguro que encima uno de sus ingredientes era el tan famoso y ahora de moda aceite de palma o palmiste, que como conoceréis, puede llegar a bloquear tus arterias. Y ya que el futuro está lleno de bebidas líquidas que te van a ayudar a bajar el colesterol o la presión arterial, voy a aprovechar a disfrutar de esta variedad de yogures que me ofertan en este momento (sin abusar claro, que todo en exceso es malo), hasta que me canse de usar la cuchara, y os animo a que lo hagáis ¿O no habéis visto a Madonna cómo sigue moviéndose en el escenario a pesar de su edad? Y es que no hace más que revelar al mundo entero que su secreto está en los yogures… que se come, que unas veces le dura un sabor más que otro, sí, pero que no dejan de ser yogures.

 

May Blacksmith


 

Sin vuelta atrás 

IMG_1330

Tu corazón se acelera sin saber porqué.
Estás trabajando en esa pieza que se te resiste y estás muy concentrado. Notas la presencia de un cuerpo, pero antes de girarte se pega a ti.

Te quedas paralalizado por su aroma, como a frutas, ¿manzana quizás? Te deja embriago y cierras los ojos. Sientes sus pechos pegados a tu espalda, sabes quién es, pero todas esas fantasía que has tenido con ella no te dejan reaccionar. La deseas desde hace tiempo y ahora sus manos se dehacen de la pieza que manipulabas y acarician tus manos de forma sensual.

No sabes qué hacer, pero ella se encarga de todo. Pasa sus labios por tu cuello, te susurra palabras incomprensibles y tú polla reacciona al instante. Quieres tocarla pero no puedes, hay algo que te lo impide, sabes qué es, pero miras a otro lado, ya no puedes más, quieres dejarte llevar por esas caricias que se acercan a la cremallera de tu mono. Contienes la respiración cuando sientes como baja la cremallera hasta abajo y roza deliberadamente tu entrepierna. Ya lo veías en su mirada, ese deseo que tan bien conoces porque es reflejo del tuyo.

Mete la mano bajo tu bóxer, y te encuentra excitado. Tu polla llora de necesidad.

La quieres de rodillas en su boca y sin saber cómo, se lo ordenas. Ella no tarda en obedecer. Te das la vuelta y ahí está, obediente, te agarra de nuevo lamiendo la esencia de tu excitación, tragándosela entera, despacio, hasta el fondo… no quieres que pare. Quieres teminar en su cara, en esos labios rojos que te provocan cada día y que no empezó a pintarse hasta que vuestros ojos y vuestros cuerpos conectaron. Cada vez más deprisa, sabes que no vas a aguantar mucho más.

Miras hacia abajo y ves como la cremallera de su mono también está abierta, y una de sus manos se pierde en su sexo. Gruñes al escuchar su humedad mientras sus dedos penetran en ella. Quieres estar allí aunque no debas. Quieres follartela y hacerla tuya, aunque solo sea por esta vez.

Te corres en su boca. No te da ni tiempo ni a avisarle. Y sabes que ya no hay vuelta atrás, que ha sido el fin de tu agonía, pero el principio de algo que no quieres dejar escapar.

FIN

May Blacksmith

Mi única salida

Con motivo del “Día internacional contra el cáncer” publico el relato que escribí junto a otras amigas y autoras: Ana Idam, Dulce Merce y Ana Vázquez, en la antología “Relatos de lucha, amor y vida” que ya está descatalogada en Amazon y cuyos beneficios fueron destinados a la AECC.

Deseo que os guste.

img_7145

Mi única salida

El silencio en la consulta del Dr. Gómez tan solo era roto por nuestras respiraciones aceleradas y nerviosas. Probablemente solo habían pasado unos segundos desde que habíamos entrado y nos habíamos sentado, pero la tensión era palpable. Ni siquiera me había dado cuenta de cuándo el doctor había comenzado a hablar. Seguía sumida en mis pensamientos.

—…Y ese es el proceso normal. Durante la cirugía podremos determinar en qué estadio y fase se encuentra el cáncer y, junto al resto de los resultados patológicos que obtendremos, ofrecer un diagnóstico.

No me voy a operar ni a someter a ningún tratamiento —interrumpí al doctor.

¿Pero qué demonios estás diciendo? —Levantó la voz mi marido.

Tranquilícese señor Garro. Es normal que, hasta que su mujer entienda el procedimiento, esté asustada. El hecho de someterse a una cirugía invasiva provoca este tipo de reacciones.

No había levantado la vista de mis vaqueros ni para hablar ni para enfrentarme a la salida de tono de Andrés.

Entiendo perfectamente lo que ha dicho doctor, pero no quiero “intentar” curarme —sentencié.

El doctor se había quedado mirándome estupefacto tras aquellas palabras, y por eso se sobresaltó ante el estallido de mi marido.

¡Dios santo! ¿Pero te estás escuchando? —Se levantó empujando la silla hacia atrás—. Eres una pu… ¡Eres una egoísta!, solo piensas en ti, como siempre.

Supuse que al doctor Gómez no le había pasado inadvertido el comienzo del apelativo poco cariñoso con el que Andrés se había dirigido a mí.

Me enfrenté a la mirada exasperada de mi marido con un triunfo dibujado en la cara.

No me voy a operar y punto —dije con determinación.

Señor Garro, permítame hablar a solas con su mujer. Quizás tenga dudas o preguntas que pueda resolverle. Después le llamaré.

Andrés salió de la consulta sin pronunciar palabra, hecho una furia.

Señora Garro, ¿puedo llamarla Marta?

Por supuesto doctor.

Marta, ¿qué es lo que no ha entendido? El tumor no parece superar los cinco centímetros, pero hasta que no abramos no sabremos el alcance que puede llegar a tener, si ha invadido los ganglios linfáticos o no. Si es local, con el tratamiento adecuado puede curarse y hacer una vida normal.

En realidad no he hecho mucho caso a nada de lo que nos ha dicho. Solo sé que no quiero operarme. No quiero curarme —expresé entre susurros—, y esa es mi decisión.

Marta. Míreme. —Levanté la cara y lo miré a los ojos—. ¿Me está diciendo que quiere morirse? —Tragué saliva pero no contesté, y mi cabeza voló a la mañana en la que comenzó la cuenta atrás.

Todo había empezado con un pequeño retraso en mi periodo.

No puedo estar embarazada, no, ahora no. No puede ser.

Estaba desesperada. Si iba a la farmacia y me comparaba un test, se iba a enterar seguro y no quería arriesgarme, aunque si al final el resultado era positivo iba a tener que decírselo tarde o temprano.

Aquello no podía estar pasándome a mí. La única solución que encontré fue pedir hora para el médico de cabecera y solicitar que me hiciese una prueba de embarazo a través de un análisis de orina.

Lo hice después de que Jorge y Andrés se hubieran marchado, uno al instituto y el otro a trabajar.

El resultado fue negativo. Me sentí bastante aliviada, pero el médico decidió hacerme un volante para ginecología y unos análisis para determinar si solo había sido un simple retraso, si podría haber algún problema con la tiroides, o quizás una menopausia precoz. Estaba a punto de cumplirse el tercer año de mi última revisión y ni siguiera estaba en la lista para los siguientes meses. Todo era rutinario.

A Andrés le dije que me sentía cansada, cosa que era cierta, y que me iba a hacer unos análisis.

Mis niveles de hierro habían bajado pero poco más.

En la consulta ginecológica hicieron lo habitual, un montón de preguntas y la revisión en la que todo parecía estar bien y en la que tomaron una muestra para el test de Papanicolau. Después destapó mis pechos y procedió al examen de mamas.

Mi doctora siempre cerraba los ojos cuando hacía la exploración. Noté perfectamente en qué momento frunció ligeramente el entrecejo e insistió en la misma zona.

Algo, en ese mismo instante, me recorrió el estómago y aceleró mi corazón.

En mi familia no había ni un solo caso de cáncer, pero las estadísticas estaban ahí y me había tocado a mí.

Cuando recibes una noticia así deberías entrar en shock, o echarte a llorar, al menos eso es lo que yo suponía. Mi caso era muy diferente. Me sentía aliviada. Por fin.

Alguien o algo en alguna parte me había escuchado. Mi sufrimiento había terminado. Era una forma paradójica de llamarlo porque para cualquier otra mujer en la misma situación sería el comienzo del suyo, pero no para mí. En mi caso, era una liberación. Me iría. Dejaría este mundo pero la culpa al menos no sería mía, se se la echarían al cáncer.

Procedieron bastante rápido con las primeras pruebas.

Aunque quise ser suave, Andrés, como con todo, se lo tomó a la tremenda, pero estuvimos de acuerdo que hasta no saber más no le diríamos nada a Jorge, nuestro hijo.

Estaba haciendo bachillerato y no necesitaba ninguna distracción extra.

Mientras me hacían la resonancia magnética no podía dejar de sentir remordimientos por tener esos pensamientos mientras otras mujeres luchaban por salvar su vida. Me sentía mal por ellas, pero yo no tenía motivos para hacerlo por la mía, aunque nadie lo entendiera cuando tomé mi decisión, como en ese momento tampoco lo entendía mi médico o eso pensaba.

Marta. —El doctor Gómez, ante mi muda respuesta, volvió a llamar mi atención—. Creo que tienes un hijo. —Sabía que usaría esa baza, como lo haría Andrés más tarde; asentí—. ¿Tenéis problemas con él?

No. Es un buen chico.

Entiendo. ¿En casa tenéis problemas? —No contesté—. ¿Tú y Andrés?

No tengo motivos para luchar, doctor. Estarán mejor sin mí. —Agaché la cabeza, para que no viera en mis ojos lo cobarde que era.

Tras un prolongado silencio, en el que me mantuve con la vista en el suelo mientras sentía sus ojos sobre mí, el doctor decidió que la consulta había terminado.

Está bien Marta. Tengo que hablar con su marido y explicarle cual es su decisión.

Mi alivio al oírle decir aquello hizo que esa losa que llevaba encima desde que había decidido no luchar se aligerase un poco. Parecía que tenía un aliado en esto y eso era mucho.

Pero estaba equivocada. El aliado lo tuvo mi marido. Mi decisión se la pasaron por el arco del triunfo los dos y me derivaron a un psicólogo que pretendía que de un día para otro le desnudara mi alma y le contara mis oscuros secretos.

Habían determinado que estaba sumida en una profunda depresión y debían darse prisa en proporcionarme ayuda para someterme a la intervención cuanto antes.

Jorge. Todo daba vueltas en torno a Jorge. Hasta que Andrés dio el golpe de gracia y se lo contó, como no podía ser de otra manera.

Tu madre ha decidido que quiere morirse. Que no va a luchar. Está claro que no nos quiere a ninguno.

Me quedé muda al oír aquello.

Mamá, ¿qué está pasando? —inquirió confuso.

No quiere operarse ni someterse a ningún tratamiento —le aclaró Andrés; dándose cuenta de lo que había dicho y de cómo le temblaba la voz a su hijo.

¿Tan grave es? No sabía que ya te habían dado el diagnóstico definitivo —preguntó angustiado.

Y no se lo han dado, Jorge—mencionó en tono de suficiencia—, hasta que no la operen no se sabe.

¿Entonces? No entiendo nada. —Me miró con ojos suplicantes.

Es una cobarde. Prefiere dejarnos solos a enfrentarse a su enfermedad —escupió despectivamente.

¡Calla, papá! —gritó él sorprendiéndonos a los dos—. Quiero que me lo explique ella.

No…, no quiero que sufras más de lo necesario para un final que está escrito y tampoco quiero hacerlo yo —le aclaré ahogada en mi propia debilidad.

Me dirigí a él porque era el único que me importaba en esa ecuación.

Eres una mentirosa. Dile la verdad. Dile que no nos quieres y punto —dijo Andrés lleno de amargura.

¡Cállate! —grité esa vez yo, echándome a llorar—. Cállate por una vez. ¿Cómo no voy a querer a Jorge? —Mi hijo me abrazó intentando calmarme—. A él es al único que quiero —dije bajando la voz.

A partir de ahí todo empezó a derrumbarse y esto hizo que todavía me importara menos mi vida. Ahora era él el que quería morirse. No le había bastado tenerme controlada durante todo nuestro matrimonio, manipulándome desde el principio, animándome a dejar de trabajar para cuidar de nuestro hijo, unificando nuestras cuentas bancarias y convirtiéndome en un apéndice suyo totalmente dependiente, controlando todos los gastos y alejándome de mis amistades… No tenía poder de decisión en nada: Ni colegio ni extraescolares, ni nada en lo referente a la educación de nuestro hijo.

Incluso el sexo se hacía cómo, cuándo y dónde él quería. Si tomaba la iniciativa me dedicaba un piropo vejatorio que me hacía sentir mal y me quitaba las pocas ganas que pudiese tener de practicarlo. Y ahora, de nuevo, se hacía protagonista de la situación, convirtiéndose en la víctima.

Mamá. —Jorge entró en mi cuarto uno de esos días que no tenía ganas de levantarme y enfrentarme al mundo—. Quiero que me escuches. —Se tumbó junto a mí como no hacía desde que era pequeño—. Sé que no eres feliz, no recuerdo la última vez que te vi sonreír. El otro día dijiste mucho sin decir nada. Opérate. Sé que soy egoísta, pero hazlo por mí, no por él —dijo refiriéndose a su padre—, voy a estar contigo. Vamos a luchar juntos y cuando estés curada veremos cómo hacer que tu vida cambie, ¿vale?

Mis sollozos nos hicieron temblar a los dos. Mi pobre niño, tan joven y tan maduro a la vez. No pude negarme. No tenía opciones. Una vez más, mi única salida se evaporaba entre mis manos.

Así que no me quedó más remedio que claudicar de nuevo y someterme a la intervención y al consiguiente tratamiento. Lo hacía solo por Jorge, estaba claro, pero ¿en qué situación quedaba la relación con mi marido? No podía separarme porque no tenía independencia económica ni familiares que me pudiesen apoyar. Así que estaba de nuevo como al principio, luchando por una vida que no deseaba ni quería.

Su cambio fue radical. Me llevaba a la clínica para la quimioterapia, pedía permiso en el trabajo cuando nunca lo había hecho para nada, me colmaba de atenciones, regalos y besos que yo no deseaba ni era capaz de disimular al rechazarlos. Me decía que le hacía daño con mi actitud indiferente y ya ni siquiera me afectaban sus reproches. Me sentía como un vegetal, muerta en vida.

El psicólogo se sentía frustrado ante mi hermetismo y en esos momentos no me podían medicar contra la depresión.

Resultó que mi tumor era Estadio IIA y el de mejor pronóstico.

Me practicaron una mastectomía y comenzaron con la quimioterapia. Me dejó bastante baja de defensas a parte de sus ya efectos secundarios. Andrés me llevaba al hospital pero me quedaba sola durante las sesiones, lo prefería así.

Buenos días, Marta.

Me giré al no reconocer la voz de la enfermera de días atrás.

Soy Miguel. ¿No me recuerda? Nos presentó el Dr. Gómez en su consulta.

Lo siento, no. —Me miró con gesto dolido.

Vaya, me siento decepcionado —dijo de modo teatral—. Yo no he podido olvidar tu cara en mis vacaciones y tú ni siquiera recuerdas que nos hayan presentado.

Le miré confusa, intentando discernir su actitud.

Era un chico atractivo, con ojos vivarachos y cara de golfo, de esos que las mujeres miran dos veces pero evitan como si tuviera una pegatina de muerte por alto voltaje.

No te molestes en ser amable —dije quitándome el pañuelo que Andrés se empeñaba en que llevase, tuteándolo como él había hecho conmigo. Tiré de uno de mis mechones rubios salpicados de canas y lo dejé caer al suelo.

¿Por qué has hecho eso Marta? —preguntó desconcertado.

No quiero que me adules, no vas a hacer que me sienta mejor. No quiero que te esfuerces conmigo. Haz tu trabajo, yo solo estoy aquí de paso. —Y miré hacia otro lado sintiéndome miserable con mi propia actitud.

Como quieras, pero no soy un adulador, lo que te he dicho es lo que pienso, no tengo necesidad de mentir para hacer mi trabajo —expresó molesto.

El resto de la sesión transcurrió en silencio y soledad. Mis lágrimas brotaron de nuevo cuando ya creía que no quedaban más en cuanto el enfermero salió de la estancia. Yo no era así y me estaba portando como una cretina con quien no se lo merecía. Si volvía a verlo le pediría disculpas, no podía hacer más.

En la siguiente sesión me atendió la misma enfermera de la primera vez, así que no tuve ocasión de disculparme y decidí olvidar el tema. Probablemente hubiese pedido un cambio de paciente.

Otra mañana más, pero esta vez había discutido con Andrés porque ya no me quedaba pelo y había decidido no ponerme el pañuelo. A mí me daba igual. Ya hacía mucho tiempo que no me preocupaba por mi aspecto y no iba a empezar a hacerlo ahora, así que cuando entré en la sala y me tumbé en el sillón, estaba con un cabreo de mil demonios. Parecía que no podía hacer lo que me diera la gana ni estando enferma. Me decía que así le hacía sentir peor a él y además incomodaba a la gente. Como si no se fueran a dar cuenta del motivo por el que lo llevaba, si ni siquiera tenía cejas. ¿Normas de decoro?, más bien pensaba que el pañuelo era por el propio enfermo no por los de alrededor. Al final me lo puse, aunque en cuanto me senté en el sillón, voló por los aires.

Buenos días, Marta. —La voz de Miguel me llegó sorprendiéndome.

No me lo esperaba y no había vuelto a pensar en él. Su saludo venía acompañado de una sonrisa sincera. Esa que cuando asomaba, formaba un pequeño hoyuelo en el lado derecho. No pensé que volvería a verla.

Se agachó a recoger el pañuelo que había aterrizado en el suelo y lo colocó al lado de mi chaqueta, en el perchero. Ni siquiera le contesté al saludo. No pensaba en otra cosa más que en pedirle perdón, pero las palabras no me salían. No sabía ni cómo empezar a hacerlo.

Comenzó a preparar todo y desde el fondo de mi garganta un sonido escapó sin pedir permiso.

Yo… esto… quería disculparme… —susurré.

¿Por qué? —me interrumpió.

Por lo del otro día. Fui una grosera —dije con franqueza.

No tienes por qué hacerlo. Yo ya lo había olvidado. —Y siguió sonriendo—. La semana pasada me cambiaron el turno, por eso no estuve en tu sesión. Por lo general me gusta estar con los pacientes durante todo el tratamiento, pero parece ser que contigo no lo estoy consiguiendo.

Supongo que es mejor ver la misma cara. —Decidí seguir con la conversación para compensar mi pésimo comportamiento en la anterior sesión.

Eso creo yo. No es que tengamos que ser amigos, pero durante el proceso se suelen sentir mejor que si cambian constantemente de rostro. Aunque no siempre es así. —Levantó la mirada y alzó una ceja, como esperando que dijera algo al respecto.

Creo que es lo mejor, sí —acepté mirándole a los ojos.

¿Entonces? ¿Prefieres ver mi cara, o la de Rebeca? —Me dedicó una sonrisa canalla, como si me estuviera desafiando.

No había elegido un buen día para hacerlo. Había llegado enfadada y ahora este chulito de playa parecía querer acorralarme.

Debería de haberlo mandado a la mierda, pero algo dentro de mí me dijo que detrás de esa socarronería había algo más y decidí lanzarme al ruedo. Cuando lo más sensato hubiera sido quedarme con la silenciosa Rebeca, que hasta que Miguel no pronunció su nombre, no me había dado cuenta de que no lo sabía.

Sin duda prefiero ver tu cara, aunque no estoy muy segura de que me guste demasiado. —Mi respuesta le provocó una carcajada sonora y ronca a pesar de habérselo dicho seria y con el ceño fruncido.

Me gusta tu sinceridad, es un buen comienzo —terminó con media sonrisa y ladeando la cabeza.

Después seguimos hablando de los demás efectos adversos de la quimioterapia, y me preguntó cuales estaba teniendo.

Veo que lo del pañuelo no te atrae demasiado. —Estaba con los ojos cerrados cuando pronunció esas palabras y decidí seguir así.

No —suspiré.

¿Has pensado o te han sugerido hacerte una peluca?

Abrí los ojos incrédula.

¿Lo dices en serio?

Claro. —Sonrió—. Aunque igual te gusta más la moda «Teniente».

¿La moda «Teniente»?

Sí, como la Teniente Ripley en Alien 3, o Demi Moore como la Teniente O’Neil.

Sonreí negando con la cabeza ante tal comparación.

No creo que me viera como ellas. Al menos ellas conservaban las cejas —dije elevándolas y señalando con el dedo índice la falta de pelo en ellas.

Entonces nos queda la opción de la peluca. Creo que una melena corta y pelirroja te quedaría perfecta con esos ojos verdes. Quizás harías realidad alguna fantasía de tu marido —dijo mirando mi alianza—, o quizás con una rubio platino —terminó con un guiño.

Sabía que me estaba tomando el pelo y que solo quería hacerme reír, pero por ahí no iba bien.

No tengo ninguna intención de hacer realidad la fantasía de nadie y menos las de mi marido —le aclaré molesta, tapándome la alianza con la otra mano.

Lo siento. —Se disculpó al instante—. Supongo que eso ha estado fuera de lugar. Soy un estúpido. A veces me paso con mis bromas. No sé cómo me las arreglo, pero siempre acabo metiendo la pata contigo.

Sé que era broma, Miguel —intenté tranquilizarlo—, pero hay temas que es mejor no tocar. —Asintió y volví a cerrar los ojos. Aquel no era un buen día para mí.

Las sesiones se iban sucediendo y Miguel seguía a mi lado en cada una de ellas.

Buenos días, ¿cómo te encuentras hoy?

Encogí los hombros murmurando un “regular”.

El equipo ha tenido una reunión sobre tu caso y he estado presente. Ya no quedan muchas sesiones. Pronto te librarás de mí.

O más bien tú de mí. —Le sonreí, pero él no me la devolvió.

Me han dicho que te quieres quitar el otro pecho. —Asentí—. Para evitar otro posible tumor.

Prevención, ¿no lo llamáis así? —dije quitándole importancia.

Sí. Pero en tu caso… ¿Por qué quieres hacerlo?

Me envaré. Miguel hoy estaba raro. En nuestras últimas sesiones habíamos llegado a ser algo más que paciente y enfermero, no se nos podía llamar amigos, pero sin duda ya no éramos extraños. Me sentía cómoda con él y su forma de tratarme, a pesar de nuestros pequeños percances y aunque habíamos hablado mucho, nuestras conversaciones nunca eran demasiado personales pero sí amenas y salpicadas con humor.

Yo creo que tienes otros motivos. —Levantó la vista de la vía que me estaba colocando valorando mi reacción, pero mucho más serio de lo normal—. Quieres operarte cuanto antes y estás débil. Lo normal, si todo está bien, es hacer una reconstrucción mamaria de paso y tú no lo has considerado. —Se quedó callado esperando a que le dijera algo y al no obtener respuesta continuó—: Sinceramente, creo que esperas quedarte en la mesa de operaciones.

Tragué saliva y no contesté, pero decidí cambiar de tema.

¿Por qué trabajas en este departamento, Miguel? ¿Te tocó o lo elegiste tú?

Lo elegí yo —contestó haciendo caso omiso de mi cambio de tema.

¿Por qué? —dije, sin que apenas me saliera la voz.

Tienes mucha suerte Marta, te vas a curar. Otras mujeres no han tenido tanta suerte y aquí estás deseando que no fuera así. —Su mirada y su voz, dejaron entrever una honda tristeza que me hizo suponer, que alguien importante de su vida no había sido tan afortunada—. Te cuento porqué trabajo con vosotros si tú me cuentas porqué te quieres morir.

Me mordí los labios al ver como sus ojos pardos brillaban y no por las luces de la habitación.

Comencé a relatarle todo lo que había sido incapaz de contarle al psicólogo. Cómo, con la inocencia de una veinteañera, me había enamorado de una persona depresiva y dominante a la que solo quería hacer feliz a toda costa. Tanto empeño puse, que sacrifiqué la mía propia, cavándome un foso del que en esos momentos no podía salir.

La vida me había dado una vía de escape con esa enfermedad, pero todos se habían empeñado en quitármela.

Pide el divorcio —dijo como si no viera ningún problema.

No puedo. No tengo nada. Ni trabajo, ni ahorros propios, nada. —Le señalé con impotencia.

Te tendría que pasar una pensión —insistió.

¿Y crees que con una pensión podría vivir? —le pregunté de forma incrédula.

¿Tenéis el piso pagado? —preguntó alzando las cejas.

Sí.

La mitad es tuyo —dijo pegando con el canto de su mano en la palma de la otra.

¿Y luego de qué vivo? Nadie va a contratar, en los tiempos en los que estamos, a una enferma de cáncer que no terminó sus estudios y no se ha reciclado.

Tienes que hablar con un abogado, Marta. Todo tiene solución… menos la muerte —sentenció muy serio.

Levanté la vista hacia sus ojos que me miraban con intensidad.

No sé si tengo fuerzas para luchar contra lo que me haría pasar —dije en un murmullo.

Estoy seguro de que tienes quién te apoye.—¿Ves a alguien acompañándome estos días? —Levanté las manos mirando en derredor.

Tienes a tu hijo, Marta —dijo apretando mi mano con suavidad en un murmullo.

Me quedé callada y decidí cambiar de tema.

Tu turno. ¿Quién era ella?

Está bien. —Claudicó—. Era mi novia. Llevábamos dos años juntos. Tenía unos pechos muy sensibles, los días previos a su periodo no podía ni acercarme a ellos. Se le ponían duros, pesados y le dolían mucho. Una noche mientras estábamos juntos —Me hizo un gesto para que entendiera a qué se refería—, noté un bulto en la parte exterior de su pecho derecho. Intenté disimular para no asustarla y lo palpé con cuidado asegurándome que no fuera lo que sospechaba. No tardó en darse cuenta de que algo pasaba porque me quedé frío. Ya me entiendes, se me…

Te entiendo, tranquilo —Le corté.

Todo fue muy deprisa. Le hicieron las pruebas y la operaron en cuestión de días.

El pronóstico era de los peores: metástasis en los pulmones. Fue visto y no visto. A veces me pregunto si no habría podido detectárselo antes. Me han convencido de que no, de que hay muchas posibilidades de que creciera después de haberse extendido. Yo no estoy tan seguro. Así que decidí pedir el traslado aquí, para estar con vosotras y ayudaros de alguna manera, aunque solo fuera arrancándoos una sonrisa.

Empeño ya le pones. —Le sonreí, aunque su historia me había entristecido.

Un toque en la puerta de la sala interrumpió nuestra conversación. Mi corazón se aceleró al ver quién era.

¿Se puede?

¡Jorge! ¿Qué haces tú aquí? —dije ilusionada al ver a mi hijo.

Adelante. —Le dio paso Miguel.

Los presenté y Jorge se quedó para hacerme compañía durante el resto de la sesión. Había huelga en el instituto y había decido venir para estar conmigo y acompañarme a casa.

Antes de que nos fuéramos, Miguel lo llamó y se apartaron para hablar un momento. Acabaron con un saludo muy masculino, agarrándose las manos con fuerza.

Me resultó extraño ese gesto y me pregunté de qué habrían hablado. Jorge me esperó fuera mientras Miguel me quitaba la vía.

¿De qué querías hablar con Jorge? —pregunté con curiosidad.

¿Te vas a poner en plan “mamá cotilla”? —Fruncí el ceño y crucé los brazos evitando que terminara su trabajo—. Te podría decir que son cosas de hombres, pero solo le he agradecido que pudiendo aprovechar el estar con sus amigos por ahí, haya venido a estar contigo, y le he animado a repetirlo cuando quiera.

Tiene que estudiar —dije de forma reprobatoria.

En el caso de que vuelva a ocurrir algo así, no le estoy animando a hacer pellas, Marta —dijo con suficiencia.

Está bien. Perdona —me disculpé.

Apretó mi brazo y me ayudó a levantarme.

Aquel sábado Jorge se puso ropa de deporte y me pidió que me arreglara y me diera prisa porque quería llevarme a un sitio. No entendía nada. ¿Yo me tenía que arreglar y él iba en chándal?

Allí estaba delante del espejo. Andrés había salido de viaje por trabajo y estábamos madre e hijo solos. Me gustaba cuando la casa era para nosotros y no había que discutir por cada tontería que ocurría fuera de lo normal.

Me puse unos vaqueros y una camisa holgada, el sujetador con la prótesis, que aún no había estrenado, y el pañuelo en la cabeza. Cuando intentaba anudarlo en condiciones, vino Jorge a ayudarme.

Estás muy guapa, mamá. Gracias por acceder a venir conmigo. —Me besó en la mejilla mientras yo lo observaba desde el espejo con una emoción extraña recorriéndome el cuerpo.

Cuando llegamos al lugar, vi los cortes de carretera y las cintas que delineaban un recorrido. Levanté la vista y me encontré con un enorme cartel rosa que ponía “Carrera de la mujer”. Jorge se abrió la sudadera y debajo llevaba una camiseta rosa con propaganda impresa y el distintivo de nuestra ciudad. Se quedó en pantalón corto y me dio la ropa.

¿Me lo guardas? —Me quedé sin palabras y asentí emocionada—. Ven. Tienes un sitio reservado para sentarte.

Me acercó a unas gradas cerca del final del recorrido, colgándome al cuello una especie de acreditación y cuando estaba acomodándome, Jorge saludó a alguien.

Buenos días. ¿Te ha costado mucho traerla? —preguntó mirándome de reojo.

Miré atónita a Miguel, que llevaba un atuendo parecido al de mi hijo.

La verdad es que ni siquiera me ha preguntado a dónde la llevaba —dijo encogiéndose de hombros.

Miguel sonreía y me miraba. Yo seguía sentada y ni siquiera había podido dirigirle la palabra.

¿Estás bien, Marta? —cuestionó con gesto cómico.

Lo teníais planeado —afirmé conmocionada.

Pues sí. Estas cosas si no las planeas no salen bien. —Me guiñó un ojo y se dirigió a Jorge—: ¿Vamos?

Claro. Te vendremos a buscar cuando pasemos por la meta —se despidió con un beso en la mejilla.

No acababa de salir de mi asombro. Miguel le pasó el brazo por encima del hombro a Jorge y se marcharon hacía el punto de salida.

Mi cabeza no estaba en la carrera. Estaba allí sentada apretando la ropa de mi hijo viendo pasar a gente y más gente vestida de rosa. Aquello parecía un acontecimiento muy esperado. Aplausos, gritos de ánimo, muchas mujeres como yo estaban sentadas a mi alrededor, con sus pañuelos, sonriendo y aplaudiendo. Cuando Jorge y Miguel pasaron por la línea de meta, me saludaron con la mano y esperé a que se acercaran.

Mi hijo estaba emocionado y me abrazó con fuerza. Cuando me soltó, miré a Miguel que me sonreía.

Estoy sudado pero, ¿puedo? —Abrió los brazos esperando mi permiso para abrazarme. Se lo di y yo también le abracé a él. Fue un momento muy emotivo. Algo entre él y yo se había conectado. Quizá no en ese momento, quizás hacía ya días, pero no me sentí incómoda con su contacto, al contrario, protegida, incluso querida. Algo imposible porque apenas nos conocíamos, pero era una sensación que hacía mucho que no sentía. Muy agradable sin duda.

Tomamos un refresco y nos fuimos a casa. Tenían que ducharse. Yo hacía mucho que no salía y me dio pena volver. Era extraño, solo había accedido a ir con Jorge porque él me lo había pedido, ni siquiera había pensado en negarme, porque desde que me diagnosticaron, solo había salido lo indispensable de casa: para la quimio y las revisiones pertinentes.

Ahora no me arrepentía de haber accedido a acompañar a Jorge.

¿Cómo van las náuseas? —demandó Miguel nada más entrar.

Algo peor después de la última sesión —respondí desganada.

Es normal —dijo comprensivo.

Hola, Miguel. —Una dulce voz, acompañada de un rostro de porcelana, nos interrumpió.

Hola, Laura —contestó cordial.

Ummm ¿tienes planes para luego? —preguntó dudosa.

Sí. Lo siento —se disculpó Miguel.

Oh. No pasa nada —aceptó decepcionada—. ¿Nos vemos otro día?

Claro —dijo con voz poco convencida, y bajó la mirada hacía la vía en la que seguía inyectándome el veneno.

No dije nada, pero notó que lo observaba atentamente y cuando levantó la vista para mirarme, descubrió en mi cara una media sonrisa.

¿Qué?

Nada. —Seguí sonriendo.

Ya. No soy un santo, ¿sabes? —dijo bajando la mirada de nuevo.

Nunca me lo has parecido, pero es algo joven, ¿no te parece? Casi le doblas la edad.

Vaya, nunca pensé que fueras mujer de estereotipos —comentó irritado.

Y no lo soy. Eso no quita para que pueda opinar.

Tienes razón. Demasiado joven… e insistente —expresó con una mueca de resignación—. Y no le doblo la edad, por cierto.

No pude más que reírme y él sonrió negando con la cabeza.

No tienes planes esta noche —concluí.

No. No los tengo.

Pues no deberías darle esperanzas.

Lo sé, pero es difícil de persuadir.

O tú demasiado facilón. —Levantó las cejas ante mi observación.

¿Sabes, Marta?

Dime —Esperé que continuara con interés.

Nunca había tenido una paciente con la que me resultara tan fácil hablar de cualquier cosa y mucho menos de mis ligues ocasionales —se burló.

Es que soy especial, ¿aún no te habías dado cuenta? —le dije bromeando.

Por supuesto que lo he hecho —admitió desviando su mirada de mi sorprendido rostro y siguió haciendo su trabajo en silencio.

Al principio no supe cómo interpretar su respuesta, pero enseguida caí en que quizá era la primera paciente que tenía que no quería curarse y eso no es que me hiciese precisamente especial, pero sí diferente. Ese mismo pensamiento lo asocié inevitablemente a mi estado actual. Ya no me levantaba tan desolada desde hacía unos días, ya no pensaba continuamente en que con aquel tratamiento, la que pensé que era mi única salida se desmoronaba. Ahora tan solo me dejaba llevar por lo que me deparaba el día a día, y el hecho de que tuviese ganas de bromear con Miguel, y no solo ser la receptora de sus chanzas, ya marcaba la diferencia.

La verdad, es que durante el tiempo que duró el tratamiento, dejé de ver a Miguel como un enfermero y empecé a mirarle como hombre. Su sonrisa, su carácter afable, su trato y su forma de coquetear conmigo hicieron que asistir a cada sesión se convirtiera, en vez de en un suplicio, en algo que anhelaba. Estaba segura que se comportaba de la misma manera con todas. Era su forma de hacernos sentirnos bien, tampoco es como si me estuviera creando expectativas, pero no podía evitar que mi estómago se encogiera por los nervios, aunque no era precisamente por volverme a sentar en ese sillón. Verlo, hablar y bromear con él, eran todo un incentivo.

Último día —dijo mi enfermero favorito, sentándose a mi lado.

Sí —pronuncié algo emocionada.

Marta —pronunció mi nombre algo serio.

Dime —dije algo esperanzada.

Existe un programa de voluntariado. Podrías venir y acompañar a pacientes que no tienen quién lo haga. Con la falta de personal que tenemos a veces no podemos hacerlo nosotros.

Me sentí algo decepcionada de que su petición fuera solo a ese nivel. Era una tonta por pensar que Miguel quisiera verme fuera de aquel entorno pero aún y todo decidí aceptar.

Cuando lo hice me ofreció una sonrisa increíble y muy sincera, y al despedirnos me dio un beso en la mejilla en el que se demoró algo más de la cuenta. Cerré los ojos y lo disfruté con placer.

Tenía la vaga esperanza de poder coincidir con él en el hospital mientras efectuaba el voluntariado. Había terminado con la quimioterapia y ahora tan solo quedaba seguir con mis revisiones, controles y análisis, pero esa fase de mi vida, en principio, había llegado a su fin. Había ganado una batalla en la que nunca había pensado luchar. Mi intención había sido rendirme al enemigo antes de presentar las armas, o sencillamente inmolarme quedando como una heroína de la causa, pero ese hombre que me miraba con esos ojos hechizantes y esa sonrisa que más que reconfortar me invitaba al pecado, era, junto a mi hijo, el causante de haber ganado esta guerra, siendo incluso laureada por ello.

Los lunes, miércoles y viernes iba por la tarde al hospital a acompañar a pacientes en sus sesiones de quimioterapia. Me habían adjudicado ese horario así que, como Miguel siempre estaba de mañanas, salvo alguna vez que coincidíamos porque salía tarde, casi nunca lo veía.

Mi relación con Andrés se deterioró hasta tal extremo que contraté un abogado y le pedí el divorcio. Estaba muerta de miedo ante mi futuro incierto, no sabía si separarnos iba a mejorar mi situación o iba a seguir sintiéndome igual de desgraciada.

Superar esta enfermedad me había dado un aliciente, como si tuviera una segunda oportunidad para reconstruir mi vida y encontrar la felicidad, aunque el camino que me llevara a ella fuera duro e incierto.

Durante el proceso de divorcio, me presenté en el hospital y busqué a Miguel, necesitaba hablarlo con alguien que conociera mi situación.

¡Marta! —dijo sorprendido—. ¿Qué haces por aquí? ¿Estás bien? —preguntó ansioso.

Sí. Yo… me voy a divorciar —le solté a bocajarro.

Esa no había sido mi intención, pero llegado el momento y al verle allí con su cara de preocupación y tan guapo, no pude evitar ir al grano.

Se acercó a mí y me abrazó pareciendo aliviado.

Me alegro de que hayas tomado esa decisión. Eres muy valiente. —Me alentó deshaciendo el abrazo—. Tengo un momento libre ahora, vamos a tomar un café. —Me cogió del brazo acompañándome fuera sin esperara a que aceptara.

Bajamos a la cafetería del hospital y hablamos frente a nuestras bebidas.

Jorge me apoya. Ya no podía más —le confesé aliviada de tener a quien expresarle mi desasosiego.

La mano de Miguel recorrió la mesa, buscando la mía que estrujaba sin parar una servilleta de papel mientras con la otra cogía la taza. Le miré aturdida, pero él no me soltó y me alegré de ello.

Todo va a salir bien —dijo mientras hacía círculos con sus dedos sobre mi mano.

No podía apartar los ojos de su mirada.

Yo…, no lo sé, la verdad. Además, en menos de un mes me intervienen del otro pecho y mi intención es estar ya fuera de casa.

¿Te vas tú? —dijo incrédulo.

Sí. No quiero vivir allí, tiene demasiados recuerdos que quiero olvidar —aclaré.

Si no te molesta, me gustaría estar contigo tras la intervención, por lo menos cuando no pueda estar Jorge. —Sentí un cosquilleo en el estómago al escuchar sus palabras.

No quiero importunarte Miguel, pero te agradezco el ofrecimiento —rechacé su oferta, aunque en el fondo me moría de ganas de ver su cara al salir del quirófano.

Si me he ofrecido es porque me gustaría hacerlo —dijo con determinación.

Moví la cabeza asintiendo y cogiendo valor para plantearle una duda respecto a la operación.

Miguel, ¿debería someterme a la reconstrucción mamaria? ¿Tú qué opinas?

¿Me lo preguntas como sanitario o como hombre? —preguntó alzando una ceja.

No pude evitar sonrojarme y mirar a la taza sin contestar.

Apretó mi mano y comenzó a hablar.

Vas a ser una mujer libre y puede que algún día encuentres a alguien con quién quieras compartir tu vida. —Le miré suspirando ante aquella posibilidad tan remota—. Ahora quizás te parezca improbable, pero estoy seguro de que ocurrirá. Si esa persona te quiere no debería importarle nada más, pero creo que tú, aunque en estos momentos no le des importancia por tu situación actual, es muy posible que no te sientas bien contigo misma a la hora de compartir intimidad. Así que como profesional, amigo y hombre, te digo que te sometas a la reconstrucción, pero la decisión es tuya.

Apreciaba su sinceridad ya que la idea de Miguel recorriendo y explorando mi cuerpo, no era la primera vez que se me pasaba por la cabeza por muy absurda que fuera. Sabía que era el primer hombre, a parte de Andrés, por el cual me sentía atraída y que probablemente era por la atención y el cariño que me había dedicado durante mi tratamiento y al estado en el que me encontraba. Tenía un enamoramiento más propio de una adolescente que de una mujer adulta rondando los cuarenta, supuse que se me pasaría tarde o temprano. Pero pensar en sus manos, esas que ahora acariciaban una de las mías, tocando mi mutilado torso fue lo que me decidió a aceptar su consejo.

Me pondré las prótesis —dije con convicción.

Me parece perfecto. —Asintió con la cabeza, apretando mi mano para después liberarla mientras las comisuras de sus labios se estiraban ligeramente.

El día de la intervención había llegado y Jorge se despidió de mí en la habitación prometiéndome que estaría allí a mi vuelta, mientras el celador comenzaba a mover mi cama.

Cuando desperté de la anestesia Miguel estaba a mi lado con su pijama de enfermero.

¿Qué tal te encuentras? —preguntó con suavidad.

Atontada y con la lengua pegada al paladar —expresé algo somnolienta.

Dentro de unas horas podrás beber. Te van a poner un analgésico para el dolor para cuando se te pase todo el efecto de la anestesia. Jorge te espera en la habitación, ya le he informado de que todo ha salido bien.

¿Qué tal han quedado? —interrogué con sensación de borrachera.

¿Cómo? —Me miró sin comprender.

Mis pechos, ¿han quedado bien? —pregunté esperanzada.

No los he visto. Pero supongo que sí —contestó conteniendo la risa—, el cirujano que te ha intervenido es muy bueno.

¿Y no los quieres ver? Te los puedo enseñar y me das tu opinión —pronuncié con tono insinuante.

Creo que sigues con los efectos de la anestesia, Marta. Mejor te llevo con Jorge —dijo empujando la cama en la que me encontraba.

Entiendo. No te interesa verlos ni a mí tampoco —dije enfurruñada.

Miguel frenó su avance.

Te voy a decir esto porque sé que luego no te vas a acordar de nada —susurró cerca de mi oído—: me encantas tú y seguro que me encantan tus pechos, y cuando quieras que te de una opinión sobre cómo te han quedado, espero que sea en tu casa o en la mía y no en una consulta de hospital.

Sonreí satisfecha y le tiré un beso al aire mientras me transportaba junto a mi hijo, aunque sabía que ese no era su trabajo.

Después de descansar y lograr expulsar toda la anestesia, mandé a Jorge a casa. A los pocos minutos alguien llamó a la puerta.

Adelante —le di paso.

Hola. —Se asomó Miguel.

Hola —saludé—. Jorge se acaba de ir.

Lo he visto salir, sí —dijo mientras se sentaba en el sillón junto a mi cama.

Dice que he dicho muchas tonterías sobre el resultado de mi operación, pero no me ha querido decir cuáles. Me da miedo saberlas, la verdad —dije avergonzada.

Bueno, creo que le has pedido opinión hasta a él sobre el resultado de la reconstrucción —comentó con mucho tacto intentado no reírse.

¡No! —dije horrorizada.

Sí. Hasta a alguna enfermera, incluso al marido de tu compañera de habitación. Menos mal que el vendaje no deja ver nada, porque creo que te bajaste el camisón más de una vez.

Miré hacia la otra cama ocupada por una mujer joven y vi como sonreía.

Perdón —me disculpé totalmente abochornada.

No pasa nada, tu hijo evitó que mi marido lo averiguara, tranquila —dijo mi compañera negando con la cabeza.

Madre mía, Miguel, ¿qué le habré dicho al que me trajo a la habitación?

Te traje yo —dijo guiñándome un ojo con media sonrisa.

Me muero de la vergüenza. —Me tapé la cara con las manos queriendo desaparecer.

Es típico de la anestesia —quiso quitarle importancia—. Se dicen muchas tonterías, aunque …—se acercó a mí y bajó el tono de voz para que solo yo pudiera escucharle—…, suelen ser todas esas cosas que uno no se atreve a decir normalmente.

Terminó, haciendo que todo su cuerpo temblara conteniendo las carcajadas.

Oh vamos, no me tortures —le supliqué—. Prefiero no saber qué te dije y espero que no me lo tengas en cuenta. ¿Te solté alguna grosería?

Ninguna —dijo emitiendo una sonrisa tranquilizadora.

Es un alivio. —Suspiré.

Iba vestido con unos vaqueros y una camiseta con un letrero de alguna firma de ropa. Se le veía muy juvenil. Su pelo moreno estaba mojado como si estuviera recién duchado y olía a jabón mezclado con una colonia fresca.

Permanecimos callados un buen rato, solo nos mirábamos y sonreíamos de vez en cuando, cada uno perdido en sus pensamientos.

¿Estás dolorida? —preguntó, rompiendo el silencio que nos envolvía.

Solo tengo molestias —dije para evitar que se preocupara, pero la verdad es que me dolía bastante.

Cuando te recuperes de la intervención me gustaría invitarte a un café o al cine —Me miró cauteloso—. Cuando te sientas con fuerzas para ello. —Le miré boquiabierta por la sorpresa ¿había escuchado bien?—. Puedes decir que no, no va a pasar nada. —Buscó mi mano bajo las sábanas y me la agarró sin dejar de mirarme esperanzado.

Es… ¿Estás seguro? —pregunté titubeante, conteniendo la emoción.

Sus cejas se alzaron con incredulidad.

Por supuesto que lo estoy. Ahora que eres una mujer libre me gustaría conocerte mejor fuera de aquí, pero si prefieres que nuestra relación sea solo profesional lo entenderé —dijo con aspecto resignado.

¿Lo dices en serio? —volví a preguntar con lágrimas en los ojos.

Completamente. —Me sonrió más satisfecho al ver la emoción en mi rostro.

El primer día fue un café, en la siguiente cita fuimos a ver una película al cine, y unas semanas más tarde salimos a cenar.

La primera vez que me besó creí que me iba a desmayar. Fue muy tierno. Solo un ligero roce de labios. Me sentí como una niña ante su primera vez, con el corazón acelerado y las manos tan temblorosas que no sabía dónde ponerlas. Y es que él todo lo hacía fácil y natural. Agarrarnos de la mano mientras paseábamos, o comer el postre con la misma cuchara, nada era violento, hacía de cualquier gesto de intimidad algo cotidiano. Se anticipaba a mis deseos y lidiaba sin problemas con mis inseguridades.

Jamás me presionó de ninguna manera y fue muy paciente antes de dar ningún paso más.

Mi pelo creció y conseguí llevar un corte homogéneo en poco tiempo y sentirme a gusto como mujer.

Atrás quedaron mis oscuros pensamientos y mi idea de abandonar este mundo. Mi enfermedad había traído a mi vida una salida, pero no la que yo había deseado en un principio. Me había dado a Miguel, devuelto a mi hijo y las ganas de vivir.

Fue un gran apoyo durante mi proceso de divorcio, que no fue fácil ni llevadero.

¿Recuerdas lo avergonzada que estabas cuando te enteraste de que habías estado pidiendo opinión sobre tu aspecto después de la operación?

Miguel sostenía mi rostro entre sus grandes manos mientras me preguntaba entre susurros por aquel día. Estábamos en su casa, y después de una cena casera y de retozar como dos adolescentes en el sofá delante de la televisión, me había llevado de la mano a su dormitorio.

No me lo recuerdes —dije mientras notaba como el rubor cubría mi rostro.

Te prometí, a pesar de saber que no lo recordarías, que un día te daría mi opinión, pero de forma íntima —susurró mientras me desabrochaba la camisa y el sujetador—. Eres preciosa. —Rozó mi escote con sus labios—. Por dentro y por fuera. —Besó cada uno de mis pechos—. Con estos, —dijo acariciándolos con suavidad—, y lo serías sin ellos —terminó besando mis labios, que temblaban de emoción.

Unas pocas lágrimas rodaron por mi rostro mientras Miguel, veneraba mi cuerpo y el deseo se apoderaba de mí, respondiendo a cada caricia y a cada toque de su piel.

Cuando nos unimos creí que tocaría el cielo entre sus brazos.

Esa fue la primera vez de muchas que me sentí completa, única y amada sin condiciones, descubriendo un amor que jamás pensé llegar a conocer y a sentir.

May Blacksmith.

relatos-lav-portada

 

Aquí tenéis los enlaces a los relatos de Ana Idam y Dulce Merce:

Mi fin del mundo de Ana Idam

La sonrisa de Gloria de Dulce Merce