A Través del Cristal

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Gracias a mis prelectoras Dulce Merce y Ela Martí y a mi editora en este relato, Ebrume, sin vosotras,  jamás se habría publicado.

Relato publicado por Ediciones Rubeo

Código de registro: 1408291848216

A través del cristal

La primera vez que lo vi todavía era becaria en esta misma oficina, en la que sigo ocho años después.

Aquel día estaba agachada bajo la mesa recogiendo una pila de papeles que se me había caído, noté movimiento en la cristalera y me asusté. Estábamos en un edifico alto con grandes ventanales que no se podían abrir. Y allí estaba él, al otro lado del cristal, con sus ojos verdes y su pelo rubio ceniza, inclinando su cabeza intentando ver no sabía muy bien qué. Enseguida, al notar que me había asustado, puso una mano en su corazón inclinándose hacia delante a modo de disculpa. Era el limpiacristales.

Nunca lo había visto antes. Al parecer estaba haciendo una sustitución de verano. Me pareció bastante joven, aunque no mucho más que yo.

Coincidió que subía el andamio y lo perdí de vista. Pero aquellas semanas nos deleitó con sus sonrisas y su forma de ruborizarse, sobre todo cuando Laura, la responsable de contabilidad, lo ponía en algún aprieto, aunque siempre sucedía a través del cristal.

Nuestros jefes se habían ido a una convención, así que cuando limpiaba en un despacho en concreto, nos llamábamos unas a otras y allí aparecíamos para presenciar el espectáculo que era verle trabajar. Con su pelo alborotado por el viento y la visión de sus fibrosos brazos flexionándose.

—Katia —llamó Cristina, la chica de las fotocopias, por la puerta entreabierta—. Laura le ha pegado una nota al cristal que le toca limpiar hoy. Ven, no te lo puedes perder.

Laura tenía treinta y cuatro años, estaba divorciada desde hacía dos y acababa de romper su tercera relación desde entonces. Se podría decir que era una mujer de vuelta de todo, atrevida y descarada. Yo era muy tímida y había veces que la envidiaba.

No perdí el tiempo en aparecer en su despacho.

Se había situado delante de la mesa con sus dedos tamborileando, a la espera de que el chico hiciera acto de presencia.

Dos días antes, Cristina había pasado por un despacho en el que él estaba limpiando y lo pilló con el mono de trabajo bajado hasta la cintura, sin camiseta y con su torso desnudo brillante por el sudor. Estaba claro que él intentaba evitar que le viéramos en esas condiciones y convertirse en nuestro chico Coca-cola, como ya le llamábamos.

—¿Qué le ha puesto? —le susurré a Cristina al oído.

Laura parecía más que concentrada y no quitaba ojo a la ventana.

—Si te bajas el mono y me enseñas tu pecho desnudo, yo te enseño de que color es mi ropa interior —susurró—. Eso es exactamente lo que ha escrito —remató satisfecha.

Miré asombrada a Laura que seguía ajena a mi escrutinio. No tuve duda de que ella así lo haría, pero no estaba tan segura de que él accediera a tal petición.

El andamio apareció ante nuestros ojos y el chico sin percatarse de la nota, cogió el mojador y enjabonó todo el ventanal. Parecía estar escuchando música por los auriculares que llevaba en los oídos y el suave movimiento de sus caderas. Cuando comenzó a pasar la goma y quitar el jabón se percató de la nota y la leyó atentamente mientras de su mano colgaba la herramienta escurriendo agua. Cuando terminó, levantó la mirada y allí estábamos todas esperando por su reacción, que no fue otra que sonrojarse intensamente primero, para luego dedicarnos su sonrisa con hoyuelo y negar con la cabeza mirando hacia abajo.

Continuó con su trabajo ignorándonos.

Todas intentamos reprimir un ¡Oooohhh! de decepción mientras que Laura siseó entre dientes un ¡lo sabía!

—Demasiado joven e inocente. Estaba convencida que no se atrevería. —Dijo volviendo a su mesa, haciendo que las demás nos dispersáramos.

Días más tarde pasó por mi despacho otra vez. Mi ventana ya estaba limpia de aquella misma semana, así que me sorprendí al verle allí de nuevo.

Le miré con curiosidad y él me correspondió muy serio. Se bajó la cremallera del buzo desprendiéndose de las mangas, y lo dejó colgando a la altura de la cintura. Comenzó a hacer su trabajo y en lo que tardó en enjabonar el vidrio, tomé la decisión de enseñarle mi sujetador. No era para nada sexy, un simple sostén de algodón a cuadros rosa y gris, ribeteado de una puntilla fucsia.

Cuando retiró la espuma, yo estaba delante de la mesa como había hecho Laura en su despacho, pero ya con la blusa desabrochada, enseñándole mi ropa interior, avergonzada como una quinceañera y esperando su reacción.

Noté como tragaba saliva y en sus labios se extendía una tímida sonrisa a la vez que me guiñaba un ojo. De inmediato, mi cerebro fue consciente de la situación y de que en cualquier momento alguien podría entrar en el despacho.

Me abroché la blusa lo más rápido que pude y para cuando levanté la mirada, él ya no estaba.

Nadie supo de aquel encuentro. Lo guardé en secreto, como un tesoro, algo hermoso y muy preciado y también como prueba irrefutable de mi capacidad de ser audaz. Pero sobre todo porque él me había elegido, para mostrarme, solo a mí, lo que otras deseaban ver.

Más tarde pensé que probablemente todas habrían disfrutado, al igual que yo, de su torso desnudo. Aunque lo descarté una vez que acabó su trabajo y Cristina seguía siendo la más envidiada de la oficina.

Emilio, el portero, nos proporcionó información sobre el chico. Se llamaba Dani y estaba estudiando en la Escuela Politécnica un grado en dirección de operaciones aéreas y piloto comercial. Llevaba dos años estudiando y le quedaban otros dos. Se estaba sacando dinero en verano para pagarse la licencia cuando acabase sus estudios y cumplimentara las horas de vuelo que eran necesarias.

Aquello nos sorprendió a todas. ¡Un piloto!

Ya no volvimos a verle y con el tiempo todas o “casi” todas, lo olvidamos.

Y ahora su recuerdo volvía a la oficina. Emilio nos había informado que Dani volvería a limpiar los cristales del edificio.

Se había sacado la licencia en su día y el verano siguiente a trabajar aquí había hecho gran cantidad de horas de vuelo por Asia y África. Después había trabajado como piloto durante cuatro años hasta que su compañía aérea quebró y se quedó en el paro, donde ya llevaba más de dos años. Ni siquiera había podido renovar su licencia este último.

Creo que yo era la que más expectación sentía ante aquella noticia.

Habían pasado ocho años.

Hacía seis meses que había roto con mi novio al darme cuenta que no era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida o, al menos, no los próximos años de ella, y Dani había rondado por mi cabeza en más de una ocasión durante la relación que mantuve con él.

Pedí a mis compañeras que me avisaran en cuanto lo vieran a través del cristal. Un jueves apareció por el “Meeting point” y todas fuimos a sacar un café de la máquina, para contemplarle mientras limpiaba.

Allí estaba. Mucho más guapo. Sus facciones estaban más marcadas, más endurecidas, le deban un aspecto muy masculino, incluso diría que aparentaba más edad de la que se suponía que tenía.

No pude evitar que mi cara mostrara una sonrisa tonta, sobre todo cuando sus ojos hicieron contacto con los míos y él hizo lo mismo como si me hubiera reconocido, cosa que dudaba completamente.

Aquella noche no pude dormir, a mi cabeza le había dado por escenificar encuentros entre nosotros, pero siempre a través del cristal.

Y si mis sueños se hacían realidad esta vez no habría prisa. Ahora ocupaba un despacho que me pertenecía por completo, era mucho más amplio y tenía dos ventanas, gracias a mi nuevo cargo en la empresa. Por lo que el día que a Dani le tocara limpiarlas, le tendría un buen rato solo para mí y no pensaba pestañear mientras realizase su trabajo.

Esa mañana escuché el chirriar de la polea mucho antes de que su cuerpo apareciera ante mí. Mil mariposas revoloteaban en mi estómago por la anticipación. Cuando me vio, me sonrió, y lo siguiente que hizo me dejó claro que recordaba nuestro encuentro de años atrás.

Sin desviar su mirada de la mía comenzó a bajarse la ropa, solo que esta vez el buzo quedó abierto hasta algo más abajo de su cadera, donde pude percibir el vello acumulado allí en gran cantidad, como si no llevara ropa interior.

Se me cortó la respiración ante aquella imagen. Su cuerpo seguía estando muy definido, al igual que sus facciones, puede que algo más marcado y con algo más de pelo en el torso. Mi cuerpo reaccionó como manejado por un resorte. Di vuelta a la mesa, me apoyé en ella y comencé a desabrochar cada uno de los botones del vestido camisero estilo safari que llevaba ese día. Dejé al descubierto mis braguitas brasileñas y el sujetador de color negro. Él me dedicó una sonrisa torcida y yo decidí que aquello merecía un comportamiento al más puro estilo “Laura, la de contabilidad”.

Me chupé dos dedos de la mano derecha y dejé que arrastraran mi labio inferior humedeciendo mi barbilla a su paso, mostrándome como una mujer decadente. Los deslicé entre mis pechos e hice un círculo alrededor de mi ombligo para más tarde detenerme en el elástico de mis bragas. Solo pensaba llegar hasta ahí, pero su mirada estaba encendida y su boca entreabierta. Cuando frené mi recorrido me miró a los ojos como si me estuviera desafiando y reaccioné humedeciéndome completamente. Era lo único que necesitaba para seguir adelante. Su deseo inflamando mi cuerpo.

Mi mano se perdió dentro de mi ropa interior y abrí un poco las piernas. Él imitó mi gesto llevando una de las suyas dentro del mono. Podía vislumbrar su dureza. Cerré la boca al darme cuenta que la tenía abierta al imaginarme su mano apretando su sexo, tragué con fuerza. Ya no había marcha atrás.

Me acaricié dándome placer imaginando que era él el que me tocaba. Hice círculos y me introduje los dedos mientras gemía. Mi otra mano fue hasta uno de mis pechos y lo amasé a través del satén del sujetador, pero eso ya no era suficiente y bajando la copa dejé al descubierto el pezón que retorcí con mis dedos y humedecí con la lengua hasta que estuvo bien enhiesto y duro. Solo podía ver sus ojos verdes tras mis párpados cerrados, pero un ruido en la cristalera hizo que los abriera para ver a Dani, apoyando con fuerza una mano contra el vidrio y su mirada fija en mi cuerpo. Frotaba su erección con movimientos rítmicos, acariciando toda su longitud, apretando desde la base hasta llegar a la corona donde aflojaba su agarre. Su dedo pulgar esparcía cada gota de líquido preseminal que se acumulaba en su apertura y lo esparcía por todo el glande. Cuando hacía aquello, su cara se estremecía de placer y apretaba los dientes o se mordía el labio inferior enseñándome una dentadura blanca y perfectamente alineada. En esos momentos deseaba que me mordiera a mí. Volvió a acariciarse y noté como un hormigueo me atravesaba el vientre. Aceleré y apreté los dedos contra mi clítoris. Su mirada de deseo recorriéndome junto a su imagen masturbándose, fueron el detonante de mi orgasmo. Ahogué un grito siendo consciente de donde me encontraba, llegando al clímax a la vez que él, que estrelló su semilla contra el ventanal de mi oficina.

Una vez que la realidad de mis acciones descendió, al igual que mi estado de excitación, me sentí culpable y avergonzada. Comencé a recomponer mi ropa sin volver a mirar hacia la ventana. Pero un fuerte golpe hizo que levantara la vista a pesar de mi malestar. Dani me miraba preocupado. Se había vestido también. Tenía la palma de su mano abierta pegada al cristal, pero al ver que no me movía me hizo un gesto con la otra para que me acercara.

Me levanté sintiéndome torpe e insegura. Quedé a su altura y durante unos segundos nuestros ojos permanecieron conectados. Luego él miró su mano y entendí lo que quería. Abrí la mía y la pegué a la suya al otro lado del cristal. Cerró los ojos despacio y al abrirlos de nuevo, me regaló una tímida sonrisa. A pesar de mi estado bochornoso ese detalle me calmó y se la devolví.

El resto de la jornada mi cabeza volvía una y otra vez a lo sucedido, sin encontrar una explicación coherente a mi comportamiento.

Al salir del trabajo, Dani estaba sentado en un banco frente a la puerta del edificio. Se levantó en cuanto me vio y yo desvié la vista y eché a caminar hacia otro lado.

—Katia —me llamó—, espera.

Conocía mi nombre y no pude evitar que ese hecho me agradara. Estaba segura que mi rostro había pasado del rosa al granate en un instante. Me sentía incapaz de levantar la mirada. Tan solo hacía unas horas que había tenido sexo con él, un total desconocido, a través de un cristal. <<¿Cómo se suponía que me tenía que comportar?>>

—Katia, me gustaría invitarte al cine o a una hamburguesa. ¿Crees que sería posible? —Era evidente que pensaba que lo ocurrido hacía unas horas podía evitar que lo hiciera—. En realidad tendría que ser el día del espectador, y probablemente iríamos a un Burger King —expresó algo avergonzado—, pero me encantaría que… bueno… conocerte y charlar contigo.

Un montón de emociones surgieron en mi interior. Y el único gesto que pude hacer fue asentir.

Salimos varias veces. Al principio solo hablábamos, intentando conocernos mejor. Después empezamos a rozarnos intencionadamente pero sin llegar a nada. El anhelo por sentir su boca y sus manos era cada vez mayor y podía percibir que a él le pasaba algo parecido, ya que notaba los esfuerzos que hacía por contenerse en cada despedida. Me seducía con su mirada, con sus palabras susurradas deseándome buenas noches y con el roce de sus labios, que cada vez se acercaba más a mi boca. El vello de mi cuerpo se erizaba simplemente con ese contacto. Sus manos ya no descansaban en mi cintura cuando me acompañaba atravesando la puerta, ahora, se deslizaban por mi cadera provocando miles de sensaciones que viajaban directas al centro de mi feminidad manteniéndome en un continuo anhelo.

En el transcurso de nuestras citas, me di cuenta que nuestro episodio a través del cristal estaba condicionando la posibilidad de ir más allá y que si yo no tomaba la iniciativa, aquella agonía duraría semanas.

En nuestro siguiente encuentro, antes de que me besara para despedirse le miré intensamente. Diciéndole con mis ojos lo que realmente deseaba, su mirada bajó hasta mi boca, y yo humedecí mis labios, despacio. En cuestión de décimas de segundo su lengua invadía mi cavidad desatando todo el deseo contenido en cada cita.

Comencé a jadear. Me faltaba la respiración y mi cuerpo era como lava recién escupida por un volcán.

—Deberíamos subir a mi apartamento —susurré en su oído.

—No deberíamos precipitarnos.

Sus palabras me dejaron confundida.

—¿Precipitarnos? ¿Estás de broma? ¿No lo deseas?

—Por supuesto que lo deseo, solo que no quiero que pienses que lo único que quiero es sexo.

Acaricie su cara hasta llegar a su boca, donde deslicé mi dedo pulgar por su labio inferior, recordando que yo había hecho ese mismo gesto en mi despacho.

—No lo pienso. Si fuera así me lo habrías demostrado en la primera cita. Te deseo. Necesito tocarte, sentirte. Para mí no es suficiente tenerte solo, a través del cristal.

    May Blacksmith

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